ANDERSEN Y GRIMM


En esta página vamos a ir poniendo cuentos de Hans Christian Andersen y de los hermanos Grimm, sólo que nos vamos a inventar un final distinto (en rojo, para que podáis distinguirlo). En el enlace del final podéis encontrar el cuento original.

ABUELITA

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Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, aparecen dos hadas del tamaño de una hormiga y les conceden a la abuela dos deseos. La abuela siempre pide salud para toda su familia y que no haya incidentes en el pueblo. Ella se quedaba escasa de deseos, debido a que quería pedir más cosas, y siempre pedía lo principal: salud y que no pase nada malo en el pueblo. Tiene un buen corazón. Su nieto, quería que su abuela también pudiera pedir algo basado en necesidades o deseos para ella. Él pensaba y pensaba, no se le ocurría nada. Entonces se fue a la casa de la abuela, se fijó en el libro atentamente, le vió una cosa muy rara. Era un tipo de botón, entre unas páginas había una hoja con unas instrucciones. ¿De qué serían? El nieto leyó el papel, se traba de las instrucciones del libro. En las instrucciones leyó:
Cada vez que que la abuela llore sobre la rosa, aparecerán dos hadas y concederá dos deseos. Son dos deseos, pero si quieres pedir más deseos te diremos un secreto: El primer deseo puedes pedir lo que quieras, pero en el segundo no lo hagas, tienes que pedir el siguiente deseo: "Deseo pedir más deseos, para mi abuela regalar".
El nieto se lo dijo a la abuela, dijeron el deseo, y como la abuela soñaba, ya podía pedir muchos deseos.

Andrea, 5º B
Cuento original


ABUELITA


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Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, toda la sala se ilumina con la luz del del sol y cuando los rayos llegan a la abuelita, se vuelve joven, de cabellos castaños y ojos azules. La rosa, junto a ella, se vuelve de un color rojo intenso y vuelve a oler como lo hacía el primer dia que rozó las manos de la abuelita.
Sentado junto a la abuelita había un hombre de su edad. Cada vez que la abuelita miraba su marchita rosa; él se reía y compartía el momento con la abuelita. Aquel hombre ya no está, la abuelita piensa en él cada vez que mira la rosa.También piensa que él está riéndose con ella en ese momento y que aún no se ha ido.
Ahora abuelita ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció. Pero a medida que iba creciendo se iba secando. Las rosas nacieron pero se marchitaron al pronto. Así, cada vez que alguien que conocía a la abuelita pasa por el cementerio, tiene que regar el rosal con una regadera que hay al lado del rosal y llevarse un pétalo marchito de algunas de las rosas para recordar a la abuelita.

María, 5º B
Cuento original



LAS HABICHUELAS MÁGICAS


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Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar cómo el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiendo el talego de oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.
Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío. Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.
Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco.
Apenas le vio así Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar:
-¡Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!
Se despertó sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores:
-¡Señor amo, que me roban!
Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Periquín. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él. No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa preparando la comida:
-¡Madre, tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.
El alma del gigante se despertó y les preguntó al niño y a la madre que si querían quedarse en el castillo con él. Así fue, y el alma volvió al gigante que, al despertarse, se convirtió en rey y aparecieron unas escaleras hechas de nubes por las que subieron al castillo y se quedaron a dormir. Al siguiente día se dieron cuenta de que la puerta por la que entraba el niño era una puerta trasera y cuando fueron a la puerta principal vieron el gran poblado que había. El rey decidió coronar al niño como príncipe y a la madre como reina. El rey se casó con ella y así formaron una familia real.

Iván, 5º B
Cuento original



EL ABUELO Y EL NIETO


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HabÍa una vez un pobre viejo que no veÍa apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel y hasta algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un viejo plato de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza a la mesa. Un día se cayó al suelo y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus propias manos.
Su nuera le llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Días después, el abuelo se desmayó, pero esta vez fue mucho más grave. El abuelo esta vez se quedó en coma durante dos meses.
Durante esos dos meses su hijo y su nuera se dieron cuenta de lo mucho que lo extrañaban. Extrañaban no tener que llevarle la comida a su cuarto, no tener que ayudarle a todas esas cosas que ellos le tenían que hacer en la esquina de ese cuarto. Días después, el abuelo se despertó de ese trágico coma que sufrió. Y lo volvieron meter en la esquina de ese cuarto.
Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.
-¿Qué haces?- preguntó su padre.
- Una tartera,- contestó,- para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.
El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo en la mesa; y volvió a comer siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.

Lorena M., 5º B
Cuento original




EL AVE FENIX


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En un lugar que no se si tiene nombre, en una ciudad muy pobre, había un pequeño nido, pero con un hermoso huevo.
Pero hubo una guerra y el huevo cayó. Cuando llegó la hora de romper el cascarón, el ave no era un gorrión o un águila, no se parecía en nada a ellos. Era un ave extraña, con grandes alas rojas y un cuerpo cubierto de grandes y coloridas plumas. Era el ave Fénix. El pájaro nació triste y no deseaba que otros niños sufrieran como él.
Por eso, pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño bendiciendolo. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.
Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.
¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores, revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.
¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas.
¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.
En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!

Adela, 5º B
Cuento original

VERDEZUELA (RANPUNZEL)

Había una vez un hombre y una mujer verdezuela.jpgvivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que, por fin, la mujer concibió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se disponía a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían espléndidas flores y plantas; pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida de todo el mundo. Un día asomóse la mujer a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas. El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo la color y desmirriándose, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido: “¿Qué te ocurre, mujer?” - “¡Ay!” exclamó ella, “me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de nuestra casa.” El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: “Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste.” Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada y se la comió muy a gusto; y tanto le y tanto le gustaron, que, al día siguiente, su afán era tres veces más intenso. Si quería gozar de paz, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo, al anochecer. Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí la bruja. “¿Cómo te atreves,” díjole ésta con mirada iracunda, “a entrar cual un ladrón en mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro.” - “¡Ay!” respondió el hombre, “tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría.” La hechicera se dejó ablandar y le dijo: “Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que darme el hijo que os nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre.” Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, presentóse la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela; se la llevó.

Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, colocábase al pie y gritaba:
  • “¡Verdezuela, Verdezuela. Suéltame tu cabellera!”
Verdezuela tenía un cabello magnífico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes: y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.

Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del Rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar junto a la torre y oyó un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero, no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera, y la oyó que gritaba, dirigiéndose a o alto:
  • “¡Verdezuela, Verdezuela. Suéltame tu cabellera!”
Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. “Si ésta es la escalera para subir hasta allí,” se dijo el príncipe, “también yo probaré fortuna.” Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, encaminóse al pie de la torre y dijo:
  • “¡Verdezuela, Verdezuela. Suéltame tu cabellera!”
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.
Verdezuela, asustada, vio a aquel hombre y lo acorraló en una silla, ya que nunca había visto un hombre. Los cabellos mágicos de Verdezuela dejaron a Flinn, el hombre, muy impresionado, ya que esos cabellos eran fuera de lo común. Flinn se asustó tanto que le hizo un montón de preguntas. Verdezuela pensó que le iba a hacer daño. Pero estaba equivocada, Flinn sólo quería saber si era un alienígena, un monstruo o una bruja. Verdezuela no contestó.
Flinn quería que el resto del reino viera esa rara especie humana, y le dijo que si quería conocer mundo con él. A Verdezuela le pareció una gran idea pero.....
¿Qué pasaría con la bruja? Aún así, Verdezuela quiso irse con Flinn. Y así fue, Verdezuela se fue con Flinn.
Verdezuela cogió a Paskal, su mascota y los tres enprendieron rumbo hacia el reino.
Flinn, Paskal y Verdezuela, ya en el reino, buscaron a los padres de Verdezuela y los encontraron. Flinn, al cabo de los años, se enamoró de Verdezuela y le pidió matrimonio. Verdezuela dijo que sí.
Al cabo de nueve meses Verdezuela tuvo un hijo y lo llamaron Ludas. La familia de Verdezuela era hermosa y se sentían afortunados y todos vivieron felices y... ¿qué pasó con la bruja? Pues se murió buscando a Verdezuela....

Laura, 5º B
Cuento original